El lunes tocó cosechar el lúpulo, junto con mi madre.
Durante todo el verano, el lúpulo fue trepando por la fachada de la casa, pasando junto a los grandes ventanales. A finales de septiembre, los tallos cuelgan cargados de conos, de un verde claro y muy aromáticos. Era hora de bajarlos.
Tallo a tallo
Descolgamos los tallos y nos sentamos con ellos al sol. Mi madre en la silla, yo a su lado, y después cono a cono: arrancarlo, al cesto, el siguiente. Un trabajo que no exige pensar mucho, y precisamente por eso deja tiempo para hablar.
A primera hora de la tarde, el cesto grande estaba lleno hasta arriba.
Por qué lo escribo aquí
Mi día a día está hecho de software, proyectos de clientes y citas. Una tarde en el jardín que termina con un cesto lleno de lúpulo, sin nada más que hubiera que resolver, es el mejor contrapeso que conozco.
Y vale todavía más si la pasas con tu propia madre. Esas horas no llegan solas: hay que tomárselas.
Gracias, mamá, por este día tan bonito.